Tema destacado del mes | A un siglo de los locos años 20

27 de febrero de 2020

Casa Museo EFM dedica marzo a repasar la mítica década del veinte, que este año celebra su centenario. Dejando atrás la devastación de la Gran Guerra, aquellos diez idílicos años estuvieron marcados por una revolución cultural llevada a cabo por visionarios, que de alguna manera dieron la bienvenida a la tan esperada modernidad, constituyendo un período de extraordinarias transformaciones para el siglo pasado, pero también una enorme enseñanza para entender nuestro presente. Los invitamos a descubrir la historia en este nuevo artículo destacado del mes.

* Por Daniela Bahamonde

Después de haber afrontado los sombríos y difíciles años de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), Europa inauguraba la década del 20 con olor a pólvora, sabor a tragedia e imágenes desoladoras. Sin embargo, la sensación de desgracia duraría por poco tiempo; ya a mediados de la década se daba por concluida la reconstrucción posbélica y las economías más afectadas por los enfrentamientos volvían a ver la luz gracias a la ayuda norteamericana. Estados Unidos, por su parte, vivió toda la década un tiempo de optimismo, alegría, enriquecimiento y bienestar que se extendería hasta la gran crisis financiera y económica de 1929.

 

Los años 20: entre la Gran Guerra y la Gran Depresión

Con la derrota de Alemania en la Gran Guerra y la sucesiva creación de la Sociedad de las Naciones, se pensó que no volvería a repetirse una confrontación mundial de tal envergadura. Las economías de los países beligerantes, e incluso la de los países triunfantes, experimentaron crisis coyunturales y altos niveles de cesantía. Paralelamente, los efectos de los tratados de paz repercutieron en las características geopolíticas europeas, afectando sobre todo a Alemania, que perdió territorios tanto dentro como fuera de Europa. Esto provocó que los perdedores del conflicto bélico vivieran en medio de una enorme crisis identitaria, sintiéndose humillados por la Conferencia de Paz de 1919, que tuvo enormes y trágicas consecuencias para el futuro de la política alemana y la del resto de los países.

Asimismo, Francia y Gran Bretaña, las potencias triunfantes, no saborearon la victoria como quizás lo habrían esperado: los años de guerra significaron un gasto en armamento que se tradujo en grandes deudas, especialmente con Estados Unidos, y paralelamente, se vivía un clima que vacilaba entre el deseo de reconstrucción y el recuerdo de quienes murieron durante la guerra.

La reconstrucción europea se inició a buen ritmo, en gran parte gracias a los préstamos concedidos por los Estados Unidos que en el continente americano se consolidaba como una nueva potencia económica mundial, todo gracias al importante desarrollo industrial impulsado por la producción (acero barato y de buena calidad, electricidad, maquinaria agrícola e industrial autopropulsada, etc.), como en el consumo orientado a las familias (automóvil, electrodomésticos, telecomunicaciones, etc.) que se venía desarrollando desde la segunda mitad del siglo XIX.

La nación norteamericana, que en la Primera Guerra Mundial había vendido grandes cantidades de armamento y otros productos a los países europeos, se convertía entonces en el país proveedor de la época.

 

“The American Way of Life” y la sociedad del consumo

Los “locos años 20”, como tal, nacen precisamente en Estados Unidos como consecuencia directa de la bonanza económica luego de la Primera Guerra Mundial y se extienden al resto de Europa a partir de 1922-1924, cuando el fantasma de la guerra se había alejado y se iniciaba el período de reconstrucción. El fenómeno, que supuso un gran y expansivo ciclo de prosperidad, generó una “burbuja especulativa” finalizada abruptamente con la crisis de octubre de 1929 y el “Jueves Negro”, que hizo estallar una profunda depresión económica.

Navidad de una familia en Ohio, 1928 © Wikimedia Commons

Sea como fuere, el auge estadounidense contrastaba con la realidad europea durante los primeros años de la década. La sensación de bienestar influyó de tal manera que millones de familias comunes y corrientes, una vez consolidada su situación laboral, comenzaron a acceder a nuevas propiedades, automóviles, alimentos y otros productos hasta entonces enfocados a clases más adineradas. Se estableció, entonces, una idea de aparente estabilidad y calma social, que intentó fomentar la igualdad de oportunidades y libertades. El “American Way of Life” o El estilo de vida americano, significó una vida centrada en la abundancia, el éxito, la mejora de la posición social y económica, prosperidad, autoestima y liberación.

Una “burbuja especulativa” es lo mismo que una “burbuja financiera”, esto es, un fenómeno que se produce en los mercados, caracterizada por una subida anormal, incontrolada y prolongada del precio de un activo o producto, de forma tal que dicho precio se aleja cada vez más de su valor real.

Muy velozmente el “American Way of Life” se convirtió en un modelo a imitar para el resto de los países, promoviendo mejores condiciones de vida y un aumento en la compra de artículos que ahora se popularizaban, como el automóvil, los teléfonos y los electrodomésticos. Así, la venta de estos productos crecía de forma imparable gracias a la publicidad, dirigida a una población cada vez más amplia que veía en esta forma de vida tanto una necesidad como una comodidad.

El consumismo se instalaba, entonces, gracias a esta publicidad difundida a través de la radio, la televisión, los diarios, las revistas y manifestaciones artísticas que durante esta década tuvieron gran popularidad, como la música, el cine, el teatro o la literatura.

 

Una revolución cultural

Como en ninguna década anterior, 1920 evidenció la creación de una cultura de masas, sustentada en los sistemas de producción en cadena, nuevos medios de comunicación y un consumo cada vez mayor. Otras manifestaciones generaban revuelo, los espectáculos masivos como el cine, deportes, cabarets, el teatro y los musicales; el interés por la alta costura, con exponentes como Coco Chanel y Jean Patou; y las nuevas corrientes musicales como el jazz, el charleston y el blues se convirtieron rápidamente en objetos de consumo y dieron vida a toda una industria que nunca antes había sido tan significativa. Con esto, la década estuvo marcada también por años de esplendor en las artes y cambios culturales, donde se gestaron expresiones decisivas para el resto del siglo XXI. Vidas locas, fiestas extravagantes llenas de excesos, en las que participaban quienes disfrutaban de la vida bohemia y clubes de jazz, poetas, artistas y escritores empedernidos. Todos se encontraron en la llamada “edad dorada”: Salvador Dalí, Pablo Picasso, Luis Buñuel, Ernest Hemingway y los Fitzgerald, entre muchos otros.

En el cine se experimentó desde la creación y también se consolidó euforia por las estrellas de la pantalla. Rostros como Charles Chaplin, Al Jolson o Rodolfo Valentino, “el amante latino”, fueron quienes lideraron una industria en pleno crecimiento y de cuantiosas ganancias. Pero la revolución también llegó a otras áreas como la ciencia, por ejemplo, con Albert Einstein y su teoría sobre la relatividad, que comenzó el camino hacia descubrimientos históricos dentro de la física teórica. Igual de revolucionarios fueron los avances hechos en la aviación con Charles Lindbergh, primer piloto en cruzar el Atlántico sin escalas.

Sin embargo, y como dice el refrán popular, no todo fue color de rosas. Los felices años veinte, que aclimataron a la juventud en una prosperidad nunca antes vista, se harían acompañar de ciertos fantasmas que impedirían un desarrollo social armónico. Son los años de la Prohibition o “ley seca” en Estados Unidos, del famoso gángster Al Capone, quien lideró la mafia local hasta la década siguiente y del apogeo de la agrupación racista Klu Klux Klan que, hundiendo sus raíces a finales del siglo XIX, llegó a contar con cinco millones de miembros. El fenómeno migratorio fue otro elemento social que se dejaría sentir hacia finales de la década. La llegada masiva de mano de obra extranjera hizo que en Estados Unidos se aprobara una ley que restringía la inmigración a tan sólo 357.000 personas al año, época en que se produjo una fiebre por invertir en acciones, que a la larga desencadenarán el abrupto fin de la euforia con la caída de la bolsa de Wallstreet, en lo que se conoció como el “Octubre Negro” de Nueva York.

 

 

Femme fatale y la liberación femenina

La actriz Louise Brooks, 1927 © Wikimedia Commons

Quizás uno de los cambios más radicales de esta época fue el fenómeno de la liberación de las mujeres, quienes, a partir de esta época, tuvieron una mayor participación en la vida laboral y en el ocio. Sin embargo, es a partir de la Primera Guerra Mundial cuando los avances iniciados por los movimientos feministas de finales del siglo XIX experimentarán un incremento imparable, pues las mujeres reemplazaron a los hombres en muchos trabajos que eran realizados exclusivamente por ellos, lo que inició un movimiento de reconocimiento del papel de la mujer en la sociedad[1].

En Estados Unidos nacieron las flappers[2], a la vanguardia de los nuevos vientos libertarios, mujeres jóvenes que vestían faldas cortas, escuchaban y bailaban jazz, usaban mucho maquillaje, bebían licores fuertes, fumaban y, en general, desafiaban las normas de lo que se consideraba “socialmente correcto” para ellas. Las flappers norteamericanas simbolizaron una nueva generación que se separó de los valores y costumbres tradicionales de la época.

En París, en tanto, surgió la femme fatale o la “garzona”, una mujer entregada a una vida llena de actividades y que deja atrás el ideal de la ama de casa, asumiendo la práctica de ciertos deportes como el tenis y la natación, manejando autos y bailando charleston.

La consigna general femenina fue la de liberarse de todo aquello que la privaba de movimiento y de identidad: se bajaron los escotes, subieron sus faldas, se cortaron el pelo con el revivido look “bob cut” y se deshicieron del corsé.

 

Chile al ritmo del cambio

Al mismo tiempo que se firmaba la amnistía en el Palacio de Versalles, Luis Barros Borgoño, canciller designado por el entonces mandatario Juan Luis Sanfuentes, preside un gran banquete en el Teatro Municipal. La anhelada paz después de la Gran Guerra se celebró en todos los rincones del mundo y Chile no estuvo exento de ello, sin embargo, batallaba con sus propios abatimientos: recién recuperado de la Guerra Civil de 1891 que derrotó al ejército balmacedista, la nación veía cómo la aristocracia gobernaba sin contrapeso en el régimen parlamentario que imperaba a finales de siglo. Al mismo tiempo, la elite al poder quedó atónita ante la crisis de la industria salitrera, que provocó una paulatina disminución en la producción , así como con la “cuestión social”, que finalmente obligó al Congreso a aprobar una serie de reformas sociales que habían quedado pendientes por años en el parlamento.

Iniciada la feliz década en Chile, Arturo Alessandri Palma se presentó como candidato presidencial, dando fin al período parlamentario e inaugurando la etapa del presidencialismo, que marcó el fin de una época y el comienzo de un nuevo Estado y pacto social, capaz de incorporar a grupos antes marginados como las clases medias urbanas y los obreros.

Con todo, los años veinte significaron una época fecunda en nuestro país, sobre todo a partir de 1925. Durante esos años, los chilenos fueron bombardeados intensamente con imágenes de rascacielos, música de jazz y bailes de moda. Estos cambios socioculturales, directamente involucrados con las nuevas realidades vividas en Estados Unidos y Europa, provocaron el florecimiento de un nuevo sector social urbano, el auge de una cultura de masas y una profunda revolución tecnológica y comunicacional, lo que reflejaba un cambio precipitado por la rápida urbanización, nuevos medios de comunicación, una propaganda que popularizaba el consumo de productos modernos y nuevas formas de entretención.

Empezaron a construirse edificios que seguían las últimas tendencias arquitectónicas. Así, por ejemplo, con influencias estéticas estadounidenses , se construía el primer rascacielos de Santiago, el edificio Artizía (1921), cimentado por el arquitecto Alberto Cruz Montt. El inmueble contaba con diez pisos y novedosas comodidades, como ascensores y calefacción central. En 1925 se culminó la actual Biblioteca Nacional de Chile, obra del arquitecto Gustavo García. También se fundó el Club de la Unión y se levantaron otras construcciones fieles a su época, como el Palacio Álamos de Barrio Yungay, el Palacio Heiremans, que alberga la actual Fundación Salvador Allende y el Palacio Hirmas, ubicado en Concepción.

El ambiente agitado de la ciudad moderna reflejó los cambios de la sociedad chilena. A la cabeza de estas transformaciones se hallaban los medios de comunicación, siendo la radio su principal formato, que emergió en Chile con la primera estación radial en 1923. Radio Chilena fue instalada precisamente en el edificio Ariztía, donde también operaba una sala de venta de artefactos radiales. Un año antes, el 19 de agosto de 1922, se hacía la primera transmisión radial en nuestro país. Ésta se realizó desde un transmisor montado en la Casa Central de la Universidad de Chile hasta un receptor instalado en el hall de las oficinas del diario El Mercurio. La transmisión fue simple y breve, y en ella se escucharon todos los componentes de la primera etapa de la radiofonía en Chile: música grabada, música en vivo, noticias y opiniones políticas.

Publicidad de General Motors Export Company, 1920 © Memoria Chilena

Los medios ascendieron, así como también comenzaron a popularizar nuevas formas de consumo, desde nuevas empresas que vendían productos innovadores como cafeteras, aspiradoras, teléfonos, automóviles, ventiladores, refrigeradores, radios y fonógrafos, así como el establecimiento de sucursales de empresas extranjeras en el territorio nacional, como la Ford, que instaló su subsidiaria en Santiago en 1924, o la I.T.T. que instaló una subsidiaria, la Chilean Telephone Company, en 1927.

Se descubrió que las mujeres constituían una masa consumidora nueva e importante, sobre todo porque comenzaron a realizar actividades liberadoras y transgresoras para aquellos tiempos, como conducir autos, utilizar nuevos productos y participar activamente del entretenimiento.

Al iniciarse la década, el vestuario femenino comenzó a dar cabida a una gran cantidad de ornamentos como bordados, lentejuelas, mostacillas y pedrería. Por primera vez las faldas de las jóvenes chilenas apenas sobrepasaban las rodillas. La novedad, flexibilidad y comodidad se instalaron como características de un período de gran movimiento, que cambió radicalmente la imagen femenina.

Tani Loayza, 1926 © Memoria Chilena

Los jóvenes del país, por su parte, sin haber experimentado el sufrimiento de la guerra, gozaron intensamente del alivio de la paz. Bajo la influencia de Francia y Estados Unidos, se importaba la locura del baile y del vodevil, la entretención y el ocio, el gasto y el consumo. Se desarrolló la actitud del “chiquillo Jazz”, que describía a un joven con estilo estadounidense, informal y rebelado contra la autoridad. Así, la juventud fue clave para el éxito de la cultura de masas, pero también para el desarrollo de actividades nuevas: nacían los boys scouts y se introducían los clubes de gimnasia, fútbol, natación, tenis, equitación y golf. En ese contexto, en 1925 fue fundado el Club social y deportivo Colo-Colo. Sin embargo, fue el boxeo el deporte que conquistó al territorio, siendo presumido en la época como “el deporte nacional de Chile”. Consolidado en los veinte y treinta, el boxeo chileno veía nacer en su seno a rutilantes figuras como Luis Vicentini y Estanislao “El Tani” Loayza, quienes se perfilaron como verdaderos ídolos locales.

En el plano cultural, la década constituyó el marco temporal enorme proliferación de obras. En junio de 1924, al alero de la editorial Nascimento, Pablo Neruda publicó la primera edición de Veinte poemas de amor y una canción desesperada. En 1927 se creó el Archivo Nacional de Chile, y se construyen la Casa Abaroa de Antofagasta, la Casa del Escritor, el Palacio Sermini y el Teatro Carrera. Un año después se inauguró la Casa Central de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, la Casa Esquerre, ubicada en Concepción y el Edificio del Servicio Nacional de Aduanas. En marzo del mismo año fue fundada la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.

En 1929 se construyen los Edificios Turri, la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, el Instituto Guillermo Subercaseaux y el Teatro Victoria, ubicado en Curicó. Ese mismo año se funda la Escuela de Artes Aplicadas, dependiente de la Universidad de Chile, cuyo proyecto educacional estuvo orientado a formar técnicos en el área del diseño de objetos de consumo masivo, edición artística y publicidad comercial.

 

La gran Depresión de 1929: derrumbe de una era feliz

La sensación de prosperidad económica que se vivió en Chile y el mundo durante la década del veinte estuvo directamente estimulada por un alto endeudamiento externo, producto de los créditos en dólares que fluían desde Nueva York, la nueva capital financiera del mundo. Esta aparente prosperidad no era más que eso: una apariencia, y que llegó a su fin con la crisis económica internacional que tuvo sus inicios en octubre de 1929 con el derrumbe de la Bolsa de Nueva York.

Hasta bien entrado el año 1929 se seguían vendiendo acciones que no reflejaban de manera real la situación económica de las empresas, por lo que buena parte de la ciudadanía seguía invirtiendo y especulando abiertamente en la bolsa. Tales hazañas contables no se sostendrían por mucho tiempo más.

El impacto de la crisis se dejó sentir con fuerza en el país entre 1930 y 1932, estimándose por un informe de la Liga de las Naciones que nuestro país fue el más devastado por la Gran Depresión. Las exportaciones de salitre y cobre se derrumbaron y la sociedad chilena no quedó exenta de agitaciones: miles de cesantes recorrieron las calles de Santiago y el gobierno tuvo que crear Comités de Ayuda a los cesantes con el fin de albergar y alimentar a miles de familias que ahora no contaban ni con recursos ni con esperanzas. No cabía duda, los felices años 20 habían terminado.

 


[1] Para saber más acerca del rol de las mujeres en la Primera Guerra Mundial,  puede consultar el siguiente sitio de la Revista National Geographic: https://www.nationalgeographic.es/historia/la-mujer-en-la-primera-guerra-mundial-un-nuevo-camino-hacia-la-igualdad

[2] En 1892, el Glosario de palabras de Northumberland de la Sociedad de Dialecto Inglés definía a la flapper como “una joven vertiginosa, o una mujer o niña que no se acomoda a sus tareas domésticas, pero anda por ahí y generalmente es la más desordenada”. El uso de la palabra se populariza en la década de 1920 para referirse a “las mujeres que despreciaban el comportamiento social convencional”.

 

 

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