Howard Carter: “el descubridor de Tutankamón”

13 de mayo de 2024

A 150 años de su nacimiento.

 

 

Un muchacho de salud frágil que aprendió de su padre el oficio del dibujo, gracias a ello conoció a las personas indicadas en el momento correcto y descubrió una cultura lejana y exótica para finales del siglo XIX que lo fascinó y que se convirtió en su pasión de por vida. Un hombre metódico, de trabajo prolijo, incansable, cuya dedicación lo condujo al más grande de los descubrimientos arqueológicos de su época. A siglo y medio de su nacimiento los invitamos a conocer un poco más sobre Howard Carter, el hombre que descubrió la tumba del faraón Tutankamón.

 

El camino de Londres a Luxor

Howard Carter nació en Kensington el 9 de mayo de 1874, siendo el menor de los 11 hijos del matrimonio entre Samuel y Martha, algunos de ellos ya fallecidos al momento de su nacimiento. Su padre era pintor y dibujante, talento y oficio que traspasó a varios de sus hijos, entre ellos Howard, quien se mantuvo hasta entrada la adolescencia principalmente en casa debido a la fragilidad de su salud, razón por la que además fue criado por dos de sus tías fuera de Londres, recibiendo una escasa instrucción escolar.

Al llegar a la edad de 15 años y como la mayoría de los hombres de la época, Carter comenzó a trabajar para solventar su vida, valiéndose de lo aprendido de su padre y sus hermanos mayores se dedicó al dibujo y la pintura también.

Acompañando a su padre por razones de trabajo, tuvo la oportunidad de visitar la residencia de William Thyssen-Amherst, un prominente barón inglés que por aquel entonces poseía una de las más grandes colecciones de piezas del Antiguo Egipto. Carter quedó fascinado con lo que pudo apreciar, solicitando incluso poder visitar el museo privado del barón en más de una ocasión. Allí conoció al egiptólogo Percy Newberry, el que reconociendo su talento e interés lo incorporó en 1891 como su aprendiz en la Egypt Exploration Fund cuando tenía apenas 17 años.

Tras incorporarse a la Fundación, pudo viajar a Egipto por primera vez, concentrando su trabajo como asistente en la realización de bocetos topográficos en las excavaciones arqueológicas y de las escenas que se encontraban al interior de las tumbas, tuvo la oportunidad de visitar, por ejemplo, la tumba de Akenatón dibujando, como lo hizo en los demás sitios, una de las escenas de las paredes interiores que meses después fue publicada en el periódico The Daily Graphic, llamando rápidamente la atención hacia sí por la calidad y meticulosidad de sus trabajo. Incluso se dice que a raíz de esta publicación comenzó a recibir ofertas laborales para diferentes excavaciones, pero que las había rechazado por tomarse un tiempo de estudio del idioma local, la historia y cultura egipcias.

Un par de años después, en 1893, la Fundación lo nombró su artista oficial, lo que implicó la asignación de un salario y recursos para su manutención en las estadías en Egipto. Así, hasta 1899 y bajo las órdenes del egiptólogo suizo Edouard Naville, trabajó en el templo del faraón Hatshepsut, oportunidad que le permitió desarrollar un estilo propio, único y detallado, bastante espectaculares para la época, ganándose cierto prestigio en la comunidad de egiptólogos.

Cuando el siglo XIX llegaba a su fin, el eminente egiptólogo francés Gaston Maspero fue restituido en el cargo de Director del Servicio de Antigüedades de Egipto y decide nombrar a Howard Carter como Inspector-Jefe del Servicio en la zona sur del país. Este nombramiento le significó no sólo una estabilidad económica importante junto al reconocimiento dentro de la comunidad de especialistas, sino también la posibilidad de una residencia permanente en Egipto. Tanto así que después de unos años de haber finalizado sus funciones en el Servicio pudo permitirse la adquisición de una propiedad y la construcción de una casa en la ciudad de Luxor y que hoy se encuentra abierta a visitantes como un museo en las cercanías del Valle de los Reyes.

Durante sus años en el caro de Inspector, los trabajos de excavaciones trajeron una serie de significativos descubrimientos y su labor fue ampliamente reconocida en los informes del Servicio debido a la gran cantidad de obras realizadas, como instalaciones eléctricas, construcción de muros de contención y protección de sitios, limpieza, trabajos de restauración o reparación in situ de varias tumbas, además de la autorización a nuevas exploraciones y sus consecuentes descubrimientos, como fue el caso de la tumba de la reina Nefertari por Ernesto Schiaparelli, considerada una de las más hermosas descubierta a la fecha.

Mientras Carter cumplía sus funciones para el Servicio de Antigüedades, George Herbert, Conde de Carnarvon visita la zona por primera vez motivado por el interés que despertó en él el Antiguo Egipto. Tras este viaje el Conde convirtió su interés por la arqueología en una vocación que lo uniría a Carter y los llevaría a realizar uno de los descubrimientos más importantes de la egiptología.

Tras su primera visita a la región del Nilo, Lord Carnarvon manifiesta sus intenciones de dirigir excavaciones en la zona de Luxor. Sin embargo, en un inicio y ante las dificultades para obtener autorización en el codiciado Valle de Los Reyes, obtiene en primera instancia los permisos para trabajos en el complejo de tumbas y templos de Deir el-Bahari, específicamente en Sheikh Abd el-Qurna, otro de los sitios que se extienden en los alrededores de la antigua Tebas, hoy Luxor y donde su labor como mecenas obtuvo satisfactorios resultados, haciéndolo conocido en la zona y ampliando su red de contactos que incluyeron al director del Servicio, Gaston Maspero quien lo acercó posteriormente a Carter.

A partir de este momento, que coincide con la renuncia de Carter al Servicio en 1905, la amistad entre estos hombres que compartían la fascinación por Egipto y el interés por el Valle de Los Reyes los llevó a trabajar juntos por muchos años, primero en diversas excavaciones en los alrededores de Luxor y luego, concentrar sus esfuerzos en la búsqueda de nuevas tumbas en el Valle mismo.

 

El momento de la gloria

El punto más álgido de la vida de ambos llegaría a fines del año 1922, con el descubrimiento de la tumba de Tutankamón, uno de los faraones más famosos del Antiguo Egipto en nuestros días, pero que a inicios del siglo XX era prácticamente desconocido.

Y es que en esta apuesta por descubrir nuevas tumbas de reyes y reinas recurrieron a los registros históricos disponibles hasta ese entonces a fin de obtener certezas sobre quiénes que pudieran estar enterrados en la zona y cuyos mausoleos aún no habían sido encontrados. Así llegaron a Tutankamón, un rey del que se sabía muy poco de su vida, su reinado y su muerte y pese a ello decidieron ir en su búsqueda.

Los preparativos fueron largos, no sólo por la necesidad de buscar antecedentes históricos y pistas sobre la ubicación del sitio en que fuera enterrado el faraón, sino también por la tramitación de permisos y la conformación de los equipos de trabajadores. Así, la búsqueda comenzó recién en 1915, pero la Primera Guerra Mundial detuvo todo, con Lord Carnarvon en Londres sin posibilidad de volver a Egipto y con Carter asumiendo labores de correo diplomático durante un par de años.

Recién en 1917, Howard Carter retomó las excavaciones, pero pese a todos los esfuerzos no había resultados, alimentando el rumor que circulaba hacía algunos años respecto del supuesto “agotamiento” del Valle.

Cuando la guerra llegó a su fin y tras varias temporadas de búsqueda infructuosa, Lord Carnarvon duda sobre continuar las excavaciones. Sin embargo, luego de viajar a Londres personalmente, Carter logra convencerlo de continuar financiando las exploraciones.

Años de esfuerzo, cientos de toneladas de escombros removidos, dedicación, gran cantidad de recursos económicos y el carácter obstinado de Carter rindieron frutos a inicios de noviembre de 1922, durante la que se plantearon como la última oportunidad para encontrar la tumba luego de cinco campañas completas sin encontrar nada. Apenas comenzaba este sexto y último intento cuando lograron el descubrimiento más asombroso realizado hasta esa fecha.

Carter relata en su libro sobre esta hazaña cómo, apenas un par de días de iniciadas las faenas, descubrieron una escalera que se adentraba hacia las profundidades y que al excavar siguiendo los peldaños dieron con la entrada sellada a una tumba, una puerta enyesada y marcada con el sello real, pero sin especificar de quién se trataba se alzaba frente al grupo. Él mismo cuenta que tras el escepticismo inicial, entendible por lo demás después de tantos intentos fallidos, la ilusión se instaló en su mente, encontrándose sólo frente al acceso sellado, apenas en compañía de un par de trabajadores, pero que pese a examinar la entrada no pudo encontrar más pistas sobre lo que encontrarían al otro lado.

Con una nobleza admirable hacia su amigo y mecenas Lord Carnarvon, quien se encontraba en Londres en ese momento, Carter se contuvo de abrir la entrada y decidió notificarle del descubrimiento y esperarlo para juntos explorar lo que se encontrase tras aquella puerta. Sin duda aquellos días no debieron ser fáciles, Carter tuvo la precaución de volver a cubrir lo excavado a fin de que no hubiera evidencia visible de lo que habían encontrado y aguardó durante tres semanas en la incertidumbre, sin saber que su anhelo de años al fin se había cumplido.

“Si hubiera sabido entonces que unos pocos centímetros más abajo estaba la huella clara y característica del sello de Tutankhamón, el rey que yo más deseaba encontrar, hubiese continuado y, lógicamente, hubiera descansado mejor aquella noche, ahorrándome casi tres semanas de incertidumbre.” (Carter, 1985)

 

Con la llegada de Lord Carnarvon y su hija, el 23 de noviembre comenzaron los trabajos de limpiar nuevamente la escalinata y llegar a la apertura de la tumba que había permanecido sellada por más de 3000 años, conservando en su interior el tesoro más asombroso encontrado en Egipto hasta esa fecha, tal como lo reconoció la prensa cuando el hallazgo se hizo público.

Dimensionando el gran descubrimiento y cayendo en cuenta de todo el trabajo que se les venía, Carter instaló todo un campamento en el sitio, buscando no sólo facilitar el registro de todo lo que encontrasen, sino también custodiar la tumba de saqueadores. 

Después del maravilloso descubrimiento, Howard Carter dedicó los siguientes diez años de su vida al registro, traslado y estudio de la tumba y su contenido, trabajo que es reconocido como el mejor realizado en la historia de la egiptología. Tomó fotografías in situ e individualmente de cada una de las piezas que se encontraban al interior; realizó personalmente cada dibujo y anotaciones con las descripciones sobre los objetos; se preocupó de la consolidación de las piezas más débiles, la restauración, el embalaje y el traslado de todos los elementos que se sacaron del interior del sitio y, en paralelo, realizó una serie de viajes dando conferencias que atrajeron grandes cantidades de asistentes ávidos de conocer de primera fuente los detalles del hallazgo más importante en este tipo hasta ese momento. También, en esos diez años plasmó lo realizado en un libro que fue publicado originalmente en tres volúmenes donde relata minuciosamente la hazaña que él mismo confiesa haber sido de una magnitud que jamás soñó.

Tristemente, el gran mecenas de esta historia no vio la conclusión del trabajo de Carter, Lord Carnarvon murió el 5 de abril de 1923, apenas unos meses después de haber descubierto la tumba de Tutankamón.

Por su parte, tras una intensa década dedicada al mayor hallazgo de su carrera como egiptólogo, Howard Carter pasó los últimos años de su vida de forma bastante solitaria e inactiva. Soltero, sin hijos y con muy pocos amigos cercanos, se estableció en su residencia en Londres hasta que falleció el 2 de marzo de 1939 a la edad de 65 años.

“Estoy seguro de que nunca en toda la historia de las excavaciones se había visto un espectáculo tan sorprendente como el que nos revelaba la luz de la linterna. Las fotografías que se han publicado desde entonces se tomaron más tarde, cuando ya se había abierto la tumba e instalado en ella luz eléctrica. Dejaré que el lector se imagine la apariencia de los objetos mientras los contemplábamos desde nuestra mirilla de la puerta tapiada, proyectando desde ella el haz de luz de nuestra linterna ‒la primera luz que cortaba la oscuridad de la cámara en tres mil años‒ de un grupo de objetos a otro en un vano intento de interpretar el alcance del tesoro que yacía ante nosotros. El efecto era abrumador, impresionante. Supongo que nunca supimos qué es lo que habíamos esperado o deseado ver en nuestras mentes, pero sin duda que nunca hubiéramos soñado algo así…” (Carter, 1985)

 

Referencias

 

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http://www.griffith.ox.ac.uk/discoveringTut/

https://my.matterport.com/show/?m=z9BED2iDNRW

 

 

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