Alberto Orrego Luco (1854-1931) forma parte de lo que algunos historiadores del arte llaman la triada de pintores diplomáticos junto a Ramón Subercaseaux (1854-1937) y José Tomás Errázuriz (156-1927).
Su fallecimiento dejó un gran vacío intelectual, por lo que hoy en Casa Museo EFM remarcamos su vida y obra.
Inicios
Su gusto por la pintura se hizo presente desde su juventud, pero no fue hasta que se instaló en Paris (donde viajó con un grupo de amigos con el objetivo de estudiar medicina) que decide formarse en la pintura ingresando a la Academia Julian.
En la actualidad no existen muchos estudios sobre su vida y su obra pictórica, más bien permanece con cierto bajo perfil, pese a haber dejado un gran acervo de paisajes que hoy abundan en colecciones privadas y algunos museos incluyendo Casa Museo EFM, donde nuestros visitantes pueden apreciar uno de sus cuadros en una de las habitaciones de la que fuera la residencia del expresidente chileno Eduardo Frei Montalva, gran admirador de las artes visuales chilenas.
Al cumplirse 95 años del fallecimiento de este artista, invitamos a revisitar algunos aspectos de su vida de la mano del relato de Antonio Rodriguez Romera, historiador, crítico de arte y también caricaturista español de importante trayectoria en nuestro país quien entre sus numerosos escritos dedicó un texto completo a Orrego Luco y varias páginas más en distintas publicaciones, dejándonos una referencia fundamental para estudiar su vida y obra.
Alberto Orrego Luco, por Antonio Romera.
En 1957 se publica una monografía titulada “Alberto Orrego Luco” y que formó parte de la Colección de Artistas Chilenos del Instituto de Extensión de Artes Plásticas, de la entonces Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile. El texto, de alrededor de 30 páginas y escrito por Antonio R. Romera representa el primer estudio desde la Historia del Arte sobre este pintor chileno.
Romera se propone en su análisis, sacar a la luz a un artista que, a su juicio, y al nuestro también, se mantiene bajo cierta penumbra respecto del conjunto de pintores chilenos de su época. Mientras algunos nombres forman parte de una suerte de panteón artístico, siendo conocidos, reconocidos, estudiados y admirados en la escena nacional de mediados del siglo XX, otro grupo permanece casi en el anonimato, entre ellos Orrego Luco.
Dicho autor recorre un poco de la vida del pintor entregando antecedentes que se relacionan con su desarrollo artístico, dejando obviamente de lado aquellos datos sobre sus funciones diplomáticas en Europa o su vida. Donde sí pone todo su empeño es en describir y analizar el contexto histórico artístico en el que se desenvuelve Orrego Luco; en su obra; en la estética que se desarrolla y en la percepción que sus contemporáneos tienen de él. A continuación, algunas de las ideas que Romera deja en su texto.
Lo primero, tiene relación con algunos antecedentes biográficos del artista enfocándose en aquellos que se relacionan con su desarrollo como pintor, mientras que otros aspectos los menciona de manera tangencial o simplemente los omite, no porque carezcan de relevancia, sino porque el objetivo del texto es otro.
Dentro de los datos que entrega Romera, la residencia en Europa durante la juventud de Orrego Luco aparece como un momento clave en su camino artístico, pues abandona la carrera de medicina que había sido el objetivo de su viaje, para ingresar a la célebre Academia Julian de París donde se formó en dibujo y pintura. El autor atribuye dicha decisión a una posible influencia de su futuro cuñado, Pedro Lira, quien formaba parte de su grupo de amigos con los que se trasladó a Europa en 1873 y cuyo viaje siempre tuvo la intención de perfeccionarse como pintor.
En 1880, Orrego Luco abandona Francia y a partir de entonces comienza a desempeñar funciones diplomáticas para Chile que lo mantendrían en el Viejo Continente por un par de décadas en las que se fue moviendo cada cierto tiempo por varias ciudades como Venecia, Sevilla, Génova y Roma. A pocos años de iniciar sus funciones consulares conoce a Catalina Rossi, con quien contrae matrimonio en 1883.
Con este “cambio de aires” habría comenzado lo que Romera califica como la etapa más fecunda de su pintura. Curiosamente la estabilidad de un empleo fijo como diplomático fue clave para que Orrego Luco disfrutara de un renovado entorno, llenándose de inspiración con nuevos paisajes, nuevos colores y aquella cotidianeidad, sobre todo veneciana, que comenzó a materializarse en sus cuadros.
Romera advierte a lo largo de su investigación sobre el pintor de cómo su vida, aunque lejos de Chile, era bastante apacible, sin grandes peripecias y una personalidad calmada, combinación que llenó su obra de una especie de melancolía serena. Introduce también el concepto de “pintor transterrado”, que si bien suele usarse para una persona que hace abandono de su patria de forma más bien forzada para establecerse en un país que le es afín, entendemos la razón por la que él usa este concepto con Orrego Luco, ya que su estadía en Europa no parece traumática, se le percibe más bien tranquilo en sus obras, confirmando esas emociones de nostalgia mezcladas con calma y seguridad señalado por el autor del texto.
Luego de este panorama biográfico general, la investigación se propone dar un contexto de la escena artística que rodea al pintor, porque tras ello Romera expondrá sus conclusiones sobre el estilo y la técnica que fue madurando en sus trabajos.
Lo primero que menciona es que Orrego Luco es contemporáneo a grandes pintores chilenos, como Ramón Subercaseaux, Juan Francisco González o Alberto Valenzuela Puelma, todos con gran prestigio y formados en los estilos clásicos que predominan en las escuelas de arte. Sin embargo, pese a esta contemporaneidad, y al haberse formado bajo esos cánones, al momento de construir su identidad no parece seguir a ninguno de los referentes de su generación ni asimila ninguno de los estilos clásicos ni vanguardistas. Orrego Luco termina construyendo una manera propia de usar la luz, el color y la forma. Romera menciona:
“No encaja Alberto Orego Luco en ninguno de los grupos generacionales en que podríamos incluirlo y, sin embargo, tiene de todos algo.” (Romera, 1957).
Después de plantear esta premisa de originalidad, el texto avanza hacia un intento por esquematizar la carrera del pintor, advirtiendo desde un comienzo que existe un estilo bastante definido y constante en el tiempo, lo que dificulta un poco construir una periodización de la trayectoria artística de Orrego Luco. Aun así, Romera se aventura en establecer tres períodos que van desde su juventud hasta su muerte en 1931.
El primer período corresponde según el autor a los primos siete años de su vida como pintor, desde 1872 hasta 1879. Los hitos que enmarcan esta etapa de su vida corresponden a la participación del artista en dos exhibiciones en las que se incluyeron obras suyas. Inicialmente en Chile, en la Exposición Nacional de Artes e Industria (conocida también como Exposición del Mercado Central) la primera de su vida y luego en el Salón de los Artistas Franceses de París, justo antes de dejar la ciudad para iniciar su camino como diplomático en 1879.
Romera describe esta etapa como la de búsqueda, de ajuste, donde la escena nacional no le aporta mucho y donde no es sino hasta su residencia en Europa cuando confirma su pasión por el arte y se encuentra a sí mismo en la pintura.
El segundo período descrito, el más largo de su vida, transcurre entre 1879 y 1919. Coincide con toda su estadía en Europa en funciones consulares, inicia con su traslado de París a Venecia, sus cargos en el consulado chileno en Sevilla y Génova en la década de 1890 y en Roma a inicios del siglo XX, finalizando con su regreso a Chile y el fallecimiento de su esposa.
Durante este período Orrego Luco se desarrolla como pintor, madura y produce la mayor parte de su obra, encuentra un estilo sereno y sensible descrito por Romera en el que la relativa calma de su vida lo lleva a desarrollar un arte sin dramas, sin conflictos.
En tercer y último lugar habla de la etapa transcurrida desde su retorno a nuestro país coincidente con 1919 hasta su muerte en 1931. Este período se asocia a cuando el artista es un hombre de entrada edad (regresa a Chile ya con 65 años), y en sus últimos años se manifiesta en sus obras la mezcla entre un trazo con menos técnica, probablemente a causa de la vejez que no le permite la misma destreza, menciona Romera, aun así con mucha emoción. Aparecen colores más intensos y un uso más dramático de la luz, rompiendo ligeramente la serenidad que había marcado su estilo, dejando espacio a la consolidación de aquella melancolía que mencionamos párrafos atrás.
En resumen, durante su vida Orrego Luco vivió muchos cambios en su entorno artístico, los presenció, más no hizo eco de ellos en sus obras, lo cual representa toda una proeza si se considera que le tocó vivir en una época bisagra, no sólo de cambio de siglo y milenio, si no también de caída y ascenso de varias tendencias, algunas de ellas que parecían imperecederas. Presenció al romanticismo en retirada, el tránsito del realismo al impresionismo y las reacciones a éste, sin embargo, Romera remarca su tesis de que Orrego Luco fue un artista fiel a sí mismo, que no pinta para los grandes salones, galerías o museos, que lo hace por el gozo que le produce.
Los paisajes fueron su tema, no parecía atraerle la humanidad y sus complejidades, para este artista el hombre es parte del paisaje, y que aparezcan en sus cuadros es sólo el resultado de su presencia en calles, plazas, puertos, playas o caminos.
El texto que hemos comentado concluye mencionando algunas ideas sobre la estética de este pintor advirtiendo que no fue impresionista, tampoco recurrió a tendencias agotadas, si no se inclinó por la “libertad de factura” tomando lo que le gusta o le sirve de las corrientes que lo rodean, Romera se aventura a señalar que la obra de Orrego Luco se podría identificar como un “anti-realismo”.
“[…] trató de buscar un estilo que, dejando incólume la estructura formal, produjera las sensaciones anímicas y subjetivas de las formas poéticas que buscaba.” (Romera, 1957).
Actualmente, aun cuando Alberto Orrego Luco sigue siendo más bien discreto dentro del nutrido conjunto de pintores de su época, varias de sus obras se conservan en colecciones privadas y públicas. Casa Museo EFM cuenta con el cuadro del artista “Paisaje nevado”, obsequiado por Claudio Orrego Vicuña, nieto de un hermano del pintor, al presidente Eduardo Frei Montalva en mayo de 1970, formando parte de la colección de pintura que el mandatario reunió en su residencia, un regalo que lo conmovió profundamente dado que se trataba de la única pieza que conservaba el matrimonio Orrego-Larraín de su antepasado y que, como un gran admirador y conocedor de las artes visuales chilenas, dio a la obra un sitio especial en el living de la casa.
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