Durante las primeras semanas de agosto de 1936, miles de atletas del mundo se reunieron para participar de las XI Olimpíadas Modernas. Una cita que estuvo marcada por el régimen totalitario que imperaba en el país anfitrión, donde postulados racistas, restricciones ciudadanas y otras políticas generaban profundo debate y cuestionamiento a la idoneidad del evento deportivo desde antes de que éste se materializara.
Berlín 1936 es recordado hasta nuestros días como los Juegos Olímpicos más polémicos del siglo XX, con un uso propagandístico extremo de parte del régimen alemán, advertencias internacionales de cambios de sede y amenazas de boicot, que incluyeron la planificación de un certamen paralelo en España que no se realizó por el estallido de la Guerra Civil.
Al cumplirse 90 años de esta cita deportiva, que reunió a casi 50 delegaciones de diferentes partes del mundo, les invitamos a revisar algunas de las principales características del evento, del cual también Chile hizo eco con un modesto, pero comprometido, equipo de atletas, que incluyó por primera vez a una mujer dentro de los representantes olímpicos.
Cinco años antes de llevarse a cabo este evento deportivo en Berlín, el Comité Olímpico Internacional le otorgaba a la capital alemana el honor de ser sede de la cita deportiva internacional más importante a nivel global. Por aquel entonces, en 1931, la República de Weimar, fundada tras la Primera Guerra Mundial, padecía los efectos de una profunda crisis derivada de las restricciones y sanciones impuestas por el Tratado de Versalles, por lo que muchos vieron en esta asignación la oportunidad de un impulso económico y, por qué no, anímico a la golpeada sociedad alemana de entreguerras, que además podría reintegrarse a la comunidad internacional tras los eventos bélicos de principios de siglo.
Sin embargo, dos años más tarde, Adolfo Hitler fue nombrado Canciller de Alemania y, tras la muerte del presidente de la República, Paul von Hindenburg, en 1934, tomó el control político total del país, proclamándose Führer y convirtiéndose en un líder absoluto con una popularidad impresionante dentro y fuera del país.
Una vez consolidado el régimen nazi, sus políticas antisemitas y postulados de supremacía racial despertaron un fuerte cuestionamiento sobre la legitimidad de la sede para un evento deportivo que excluyera a los participantes por cuestiones ideológicas. Se exigieron garantías de todo tipo para la clasificación de los atletas alemanes, sobre todo para aquellos de ascendencia o filiación judía, llegando incluso a plantearse la posibilidad de un cambio de sede en caso de no cumplirse con las exigencias de transparencia y no discriminación.
En el mismo sentido, las políticas nazis motivaron la organización de un boicot internacional a las olimpíadas en Berlín, con un llamado a los atletas a no dirigirse a la cita y la organización de un evento alternativo con sede en Barcelona, pero ninguna de las iniciativas logró materializarse. En España estalló la Guerra Civil justo el día antes de que empezara la Olimpíada Popular, prevista para finales de julio, lo que hizo imposible el certamen y obligó a los deportistas a dejar el país en medio de la emergencia. Y sobre el boicot, el propio Comité Olímpico Internacional desplegó todos sus esfuerzos en asegurar la realización de los juegos tal como estaban previstos, enviando delegaciones a Alemania y presionando, como lo mencionamos en el párrafo anterior.
A raíz de las garantías exigidas a los anfitriones surgió un caso emblemático dentro de los atletas locales. Se trató de la participación de la esgrimista Helene Mayer, la única atleta de ascendencia judía que formó parte del equipo alemán en el certamen. Y es que, a pesar de lo que significó su clasificación a los juegos en el contexto antisemita, aún existe debate sobre si su participación fue realmente una garantía del respeto a sus atributos deportivos por sobre los ideológicos o, más bien, fue un ícono de propaganda, en la que su filiación religiosa no tuvo tanto peso, ya que se especula que ella misma no era cercana a la herencia religiosa de su padre, con quien no tenía mayor relación. Sea cual sea la situación, para muchos Mayer representa, hasta hoy, una agridulce leyenda de estos Juegos Olímpicos.
Otras varias medidas fueron tomadas por el régimen para reducir las críticas durante el evento, como retirar una cantidad considerable de símbolos nazis de las calles y los recintos deportivos, moderar las expresiones ideológicas en discursos y declaraciones, así como también en la prensa. Pero, por supuesto, las ideas no desaparecieron. De hecho, uno de los periódicos más extremos que circulaba en Berlín no dudó en referirse a los atletas afroamericanos como «negros auxiliares», deslizando la idea de que estos deportistas no estaban en la misma jerarquía que el resto de los competidores.
Por fortuna para el deporte y la posteridad, las XI Olimpíadas representaron también un avance en otros sentidos. Fueron los primeros juegos televisados, aunque a través de un circuito cerrado de TV que transmitió las competencias en salas especialmente habilitadas en la ciudad de Berlín, puesto que para ese entonces los televisores no eran un elemento al alcance de la población como lo son ahora. Se habilitó un sistema de difusión rápida de los resultados a través del télex y el envío de imágenes vía zepelines, permitiendo una mayor y más rápida cobertura del evento, al menos en Europa.
Otro hito de estos juegos fue la realización de una película de tipo documental, filmada durante las competencias y estrenada tiempo después, que resultó una obra innovadora en muchos sentidos: Olympia. La mente tras este filme fue la actriz y cineasta Leni Riefenstahl, figura controversial dentro del mundo del cine por los trabajos que realizó para la Alemania nazi, que le valieron incluso su carrera después de la Segunda Guerra Mundial, pese a haber sido liberada sin cargos tras ser arrestada por su presunta vinculación al régimen. Pese a la controversia que rodea a la cinta y a su creadora, esta obra es considerada un hito para el cine documental: primero, por ser el primer largometraje de este tipo sobre unos Juegos Olímpicos; luego, por introducir técnicas de filmación innovadoras, como las cámaras lentas, los planos en secuencia y los primeros planos extremos, que resaltaron a los deportistas como nunca se había visto. El indudable cambio que supuso para la industria el trabajo de Riefenstahl desplegado en Olympia le valió ser descrita por un medio de prensa norteamericano como «la mejor cineasta femenina del siglo XX»; eso sí, este reconocimiento solo se produjo cuando el diario The Economist anunció la muerte de la artista en 2003.
Una última mención que debemos hacer sobre el legado de estos juegos es la introducción de una de las tradiciones emblemáticas de cada cita olímpica: el relevo de la antorcha. En los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, por primera vez se realizó el viaje de la llama desde Grecia hasta la ciudad anfitriona del certamen en el sistema de posta que conocemos hasta hoy y que culmina con el encendido del fuego en el coliseo donde se realiza la ceremonia inaugural, para permanecer encendido durante todo el evento hasta su clausura.
El desarrollo de los juegosSegún cifras oficiales publicadas en el sitio web de los Juegos Olímpicos, Berlín 1936, llevado a cabo entre el 1 y el 16 de agosto, reunió un total de 3.963 deportistas que conformaron las 49 delegaciones participantes, venidas de todas partes del mundo para competir durante esas dos semanas en los 129 eventos disponibles. Para ese entonces, 23 disciplinas formaban parte del abanico deportivo de los juegos, con el debut del basquetbol, el piragüismo (kayak) y el balonmano en la cita de ese año.
Al igual que en la actualidad, el certamen comenzó con una ceremonia en el Estadio Olímpico de Berlín, repleto de espectadores que presenciaron el ingreso de los equipos al recinto y el arribo de la llama olímpica, luego del relevo que por primera vez en la historia la trajo desde Grecia y que encendió el pebetero, que se mantuvo ardiendo hasta el final de la cita.
En el filme de Leni Riefenstahl, que mencionamos anteriormente, se pueden apreciar imágenes de esta ceremonia en una llamativa e innovadora propuesta cinematográfica que registró un evento como este por primera vez. La película incorpora también escenas previas que evocan a Olympia, la cuna de los juegos, y alegorías a los atletas del mundo antiguo, con una estética onírica y heroica que da paso a la modernidad europea, con el viaje de la llama como elemento de conexión entre la Antigüedad Clásica y el Berlín de 1936. Evidentemente, al mirar la cinta debemos tener presente el contexto político en el que fue realizada, pero es indudable que aporta un registro invaluable no sólo del evento inaugural, sino también del desarrollo de las diferentes competencias, con recursos fílmicos que hacen destacar notablemente a los atletas en sus disciplinas. La destreza, la concentración y la precisión de sus movimientos traspasan la pantalla, poniendo en valor el deporte de una forma que es difícil de ignorar.
Tal como suele ocurrir hasta nuestros días, las competencias de atletismo se llevaron gran parte de la atención del público. Se realizaron en el coliseo principal y concentraron buena parte del número total de deportistas. Entre estas disciplinas se sucedió el icónico triunfo del estadounidense Jesse Owens en más de una competencia, lo que representó un duro golpe mediático a los postulados ideológicos de la Alemania nazi en su propia casa, provocando incluso la molestia de Hitler, quien, tras negarse a entregarle la medalla al afroamericano, decidió limitar su participación en las ceremonias de premiación, como lo llevaba haciendo durante todas las pruebas anteriores. Todo ello, ante la presión de las autoridades olímpicas presentes, que lo obligaron a decidir entre felicitar personalmente a todos los atletas, sin distinción, o a ninguno de ellos.
Conforme pasaron los días, los miles de atletas convocados se desplegaban en los diferentes recintos preparados para los juegos. En cada ocasión, un numeroso público asistía para ver las competencias, alentar a sus favoritos y deleitarse con el deporte. Según fuentes de prensa, los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 atrajeron a más de 4 millones de espectadores, siendo, hasta esa fecha, los más numerosos en ese aspecto. Sólo las ceremonias de apertura y clausura reunieron a poco más de 100 mil espectadores cada una, un récord de público en comparación con juegos anteriores.
Tras dos semanas de competencias, los alemanes se llevaron la mayor cantidad de medallas: 32 de bronce, 31 de plata y 38 de oro; en segundo lugar se posicionaron los estadounidenses y, en tercer puesto, los italianos. Un vistazo a los resultados de las competencias deja ver la enorme brecha que por ese entonces existía entre los deportistas de los países más desarrollados y otras zonas, como América Latina, donde, por ejemplo, sólo Argentina y México obtuvieron medallas en alguna competencia.
Llegado el domingo 16 de agosto, y en un estadio con su capacidad de público completa, se llevó a cabo la clausura de los juegos. Ese mismo día, poco antes de la ceremonia de cierre, se realizó la última competencia del certamen: el salto ecuestre.
El final de la jornada, y de la cita deportiva, estuvo encabezado por las autoridades correspondientes, tanto del país anfitrión como de la institucionalidad olímpica internacional. Se realizó el desfile de banderas de las delegaciones que participaron de los juegos, se pronunciaron los discursos protocolares y, en un acto simbólico de reconocimiento a todos los atletas, cada bandera recibió una corona de laureles. Para aportar espectacularidad a la ceremonia, en las afueras del estadio y rodeando el coliseo, se encendieron 14 pilares de luz que se unieron en la parte superior, formando una cúpula de luz sobre el recinto, mientras las campanas de la torre olímpica se hicieron tañer para señalar el momento en que el fuego olímpico se extinguía a las 21.06 horas, poniendo fin a la fiesta deportiva más polémica del siglo XX.
La participación de ChileNuestro país asistió a la cita en Berlín con bastantes dificultades, ya que si bien por primera vez se contaba con una institucionalidad olímpica especializada -el Comité Olímpico Chileno se había creado dos años antes para gestionar la participación de atletas en los juegos- los recursos necesarios para llevar al equipo a Europa no estaban asegurados. Por aquel entonces la mayoría de los deportistas que se aventuraban en participar de las olimpíadas asumían por su cuenta los costos que implicaban la práctica de sus respectivas disciplinas, como implementos, ropa y viajes, además eran amateurs y por ende constituir un “equipo olímpico chileno” requería de un gran esfuerzo. El diario La Nación consigna incluso cómo la participación de Chile en estos juegos estuvo en peligro hasta el último día por la falta de financiamiento, llegando al extremo de que un grupo importante de los deportistas debió esperar hasta el plazo límite para inscribir su asistencia y para realizar el viaje.
Cuando finalmente el propio presidente de la República aseguró el apoyo económico para la participación de la delegación, el último grupo de deportistas que aún se mantenía en Chile a la espera de las gestiones emprendió viaje a Argentina para embarcarse rumbo a Europa el 22 de junio de 1936, tomando la última combinación posible de medios de transporte que les permitía llegar a tiempo.
En total, el equipo chileno que se presentó a los juegos estaba compuesto de 40 deportistas que se desempeñaron en 8 de las disciplinas del certamen: yachting, boxeo, ciclismo, natación, tiro al blanco, esgrima, basquetbol y atletismo, siendo en esta última disciplina donde nuestro país llevó por primera vez en la historia a una representante femenina, Raquel Martínez.
Martínez tenía 28 años cuando se convirtió en la primera chilena y sudamericana en competir en unos juegos olímpicos. Era oriunda de Constitución y la menor de 14 hermanos, estudió en la Universidad de Chile titulándose como profesora de educación física. Su paso por la universidad le permitió desarrollar su pasión por el atletismo, compitiendo en varias ocasiones en salto largo, lanzamiento de la jabalina y del disco, incluso en basquetbol donde era un ícono dentro de equipo. Sin embargo, la prueba que la llevó a Berlín en 1936 fue la de los 100 metros planos. Aunque su desempeño no le permitió clasificar a las rondas siguientes, a su regreso a nuestro país continuó compitiendo, llegando a coronarse en salto largo en el Campeonato Sudamericano de Atletismo de 1939.
Al igual que varios de los deportistas de la delegación chilena Raquel padeció las inclemencias del viaje en barco de 11 días por el Atlántico. Mala alimentación, fiebre y otros síntomas mermaron la condición física no sólo de los chilenos, situación que se sumó a la premura del viaje y los pocos días que tuvieron en Alemania para recuperarse antes de las competencias, mermando así el rendimiento. Aunque tampoco existían grandes expectativas del desempeño del equipo en general.
El diario La Nación en sus publicaciones previas a la inauguración de los juegos deja entrever que en general todos parecen bastante conscientes de que no se podían esperar grandes resultados en las competencias de parte de nuestros representantes, principalmente por las grandes diferencias entre nuestro país y las grandes potencias en materia deportiva. Sin embargo, si existía la idea común de que la asistencia al evento era de gran relevancia a pesar de las dificultades.
Así, aunque no se obtuvieron buenos resultados, la presencia en un evento de esta magnitud generó un impacto que poco a poco irá materializándose en la mentalidad nacional, la necesidad de profesionalizar el deporte creando instituciones e invirtiendo recursos en ello.
Desafortunadamente la siguiente cita olímpica no llegó a concretarse si no 12 años más tarde por el estallido de la Segunda Guerra Mundial, las prioridades del país cambiaron a causa de la guerra, por lo que el desarrollo del deporte en Chile se retrasó más de lo deseado, aunque eso no mermó la motivación de los cientos de atletas que emergerían con el correr de las décadas, algunos de ellos llevando a la cima el nombre de nuestro país, pero eso lo dejamos para otra ocasión.
Como legado de estos Juegos Olímpicos nos quedaron escenas memorables como los triunfos de Jesse Owens que echaron por tierra los postulados de superioridad racial en la propia cara de Adolfo Hitler; el aporte de Leni Riefenstahl para el cine, aun cuando su trabajo estuviera sujeto a las imposiciones del régimen nazi, su sensibilidad artística nos dejó una colección de escenas impresionantes de los atletas, una nueva forma de documentar audiovisualmente al deporte y recursos estéticos y fílmicos que se usan hasta el día de hoy.
También nos queda una de las tradiciones emblemáticas de cada cita olímpica, el relevo de la antorcha, probablemente ninguno de nosotros podría imaginar hoy una ceremonia inaugural de este tipo de certamen sin el épico momento en que alguna leyenda del deporte mundial cubre los últimos metros del trayecto para encender el fuego que mantendrá el espíritu de la cita hasta su clausura.
Y por supuesto nos queda el recuerdo de una pionera del deporte nacional, Raquel, que junto a otras 330 mujeres provenientes de todo el mundo se dieron cita en Berlín para seguir abriendo camino para miles de niñas y jóvenes que vendrían tras ellas en estos
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