Destacado del Mes: Violeta Parra y su último disco “Las últimas composiciones”

30 de October de 2026

En noviembre de 1966 Violeta Parra estrenó su último disco: “Las últimas composiciones”. Coincidentemente, tiene cercanía con la fecha de su muerte, febrero de 1967, por lo que se suele entender esta grabación como un testamento o sus últimas palabras.

Repasaremos algunos datos de su vida que ya son conocidos, como que es oriunda de la Región del Ñuble y nació en octubre de 1917. Vivió una niñez económica compleja, ya que, al fallecer su papá en 1928, junto a su madre trabajaban en costura para poder mantener al resto de la familia. Viajó a Santiago en 1932, cuando su hermano mayor, Nicanor, quien ya estaba viviendo en Santiago y la invitó para que siguiera de manera formal su educación.

En 1935 la familia Parra se vuelve a reunir en la capital y Violeta, mientras estudiaba, también trabajaba cantando en restaurantes, muchas veces junto con su hermana y hermanos.

En ese ambiente de esfuerzo mezclado con música, en 1937 conoce a su futuro marido con quien tuvo dos hijos, Isabel y Ángel. Este primer enlace termina unos diez años después por las diferencias que había respecto a cómo debería ser el estilo de vida de la familia.

En total, Violeta tuvo cuatro hijos. Las otras dos hijas, nacieron de una relación posterior a su separación. Carmen nació en 1949 y Rosa en 1952. En esa época y estando en Europa, invitada a un programa polaco luego de los reconocimientos recibidos en Chile, se entera que su hija más pequeña había fallecido (1954).

Junto a estas penas y alegrías, Violeta Parra continua con su trabajo recopilatorio de la música chilena y ya empieza a dejar algunas tonadas fuera de sus repertorios, como los boleros, que son un género musical latinoamericano, pero no propiamente chileno; buscando enfocarse en la música de este lado de la cordillera.

Durante el proceso de recopilación, “en su vasto peregrinar por el campo, la provincia, las ciudades de Chile, recoge, valora y asimila variadas y arcaicas músicas y los modos de hacerla para luego transformarlos creativamente en belleza sonora”. Su hermano Nicanor la insta a que se reconozca a sí misma como una defensora de la música chilena, que se posicionara, con todo el derecho, a estar en el lugar que se merecía no solo como artista, también como investigadora.

Probablemente, al no recibir estudios formales en música y que el género musical que le interesaba a Violeta Parra no era estudiado dentro del mundo académico de la época, era lo que provocaba que, al parecer, solo su hermano Nicanor le entregara el respaldo suficiente.

Del viaje a Europa y la URSS volvió en 1957 y junto a sus hijos del primer matrimonio van a Concepción y ella trabaja como profesora. Durante estos años incursionó además en otras disciplinas artísticas, como la cerámica, pintura al óleo y arpilleras, lo que la llevó a presentarse en dos oportunidades en la Feria Chilena de Artes Populares. Su hija Isabel en más de una entrevista suma otras disciplinas que la cantautora exploró, como la escultura y la greda.

En la década del 60 sigue viajando y dando clases. Fue a Argentina en 1961 y al año siguiente nuevamente a Europa, esta vez junto a sus hijos, al “Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes”, organizado en Finlandia. Se quedó alrededor de tres años, tiempo en el cual expuso su trabajo en arpilleras en el “Louvre”, en abril y mayo de 1964.

En junio de 1965, vuelve a Santiago de Chile y en diciembre da el paso más importante para concretar su sueño: un espacio en el cual pudiera enseñarse el arte popular y que reúna a los artistas de esa época, tocando música de este país y también música latinoamericana. Este momento también puede ser el punto de partida para el desenlace de la vida de Violeta Parra.

Según el sonidista Luis Torrejón, con quien Violeta grabó “Las últimas composiciones”, ella “nunca se desafinaba.” La mayoría de las canciones del disco fueron registradas rápidamente; el sonidista no debió usar trucos de cortar y pegar como a veces había que hacer con otros artistas en sus grabaciones. La relata como una persona metódica, llegando al estudio con las cosas necesarias para la grabación, con muy pocas ganas de acercarse al micrófono, o sea una artista a la que había que acomodarse a la hora de trabajar.

En la grabación de este disco, que duró aproximadamente un mes y medio, participaron muy pocas personas, entre ellas sus hijos Ángel e Isabel, y un artista uruguayo llamado Alberto Zapicán, a quien le dedicó la canción “El Albertío”.

Zapicán también recordó varias veces esa época de su vida en la carpa de La Reina, le recrimino que en la canción que le dedicó “lo estaba tirando a los palos” o que se estaba burlando de él. A pesar de que reconoce grandes momentos juntos al grabar, y que ella fue quien le compró su primer terno, reflexionó también que probablemente el estar sola batallando contra todo, pudo haberla cansado, llevándola a tomar la decisión de terminar con su vida ese cinco de febrero de 1967 en la carpa de la Reina.

Desde la muerte de Violeta Parra, distintos académicos del área de la música han trabajado para estudiar y mostrar a la gente la importancia de esta compositora. Por ejemplo, en la Revista de Música Chilena, Olivia Concha Molinari comenta cómo componía: “directamente con la guitarra, fijando ideas, los motivos, las partes y las composiciones en una grabadora, puesto que no conoció la lecto-escritura musical europea”. Y gracias a estas cintas magnéticas hoy se tiene un registro de su música.

En una mesa de redonda que organizo la Universidad Católica de Santiago meses después del fallecimiento de la cantautora, uno de los participantes, el escritor peruano José María Arguedas comenta sobre la artista: “Ella es lo más chileno de lo chileno que tengo la posibilidad de sentir; sin embargo, es al mismo tiempo, lo más universal que he conocido en Chile”.

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